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El 8M y Las Performance

¿EXALTACIÓN O DENIGRACIÓN DE LO FEMENINO?

por Javier Orrego C  
Escritor  

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  Bailar es una de las formas de expresión más antiguas de la humanidad. No es descabellado remontar el origen de la danza al momento en que el hombre primitivo comenzó a utilizar el cuerpo para expresar su conexión con la dimensión trascendente de la existencia. La transmisión de una disposición anímica particular o incluso de un mensaje a través de gestos, ademanes y movimientos intencionales es algo que el pretendido “arte del performance” toma prestado de la danza. Pero esta forma de expresión, que se puso en boga en los años sesenta y setenta del siglo XX, obedece a premisas muy diferentes, reclamando para sí, de manera espuria, el título de “arte” por combinar elementos de disciplinas artísticas genuinas, además de la danza y la música, tales como el canto, el teatro y las artes plásticas. Desde su origen, que es estrictamente político, la performance buscó romper con las estructuras del arte mismo, abriendo un espacio de disolución 

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de las normas sociales, morales y religiosas. Entre los preceptos fundacionales de esta estrategia de politización del arte está la intención de anular el estado de contemplación, que predispone al espectador a establecer una conexión con lo trascendente. Según la visión neomarxista que inspiró el nacimiento del posmodernismo, lo importante no es la obra en sí, sino la propia “acción artística”, suceso que entienden efímero como la vida misma, en el que participan por igual ejecutantes y espectadores (aunque debemos tener claro que, por lo general, al público no se le permite disentir del discurso que se entrega). La destrucción de la verdadera función del arte, esto es, predisponer al ser humano a través de la belleza a vincularse con lo trascendente, presupone la destrucción del espacio artístico, lo que implica el reemplazo del espacio en que se debe dar la contemplación —que debiera ser cómodo, seguro, abierto a la experiencia—, por el espacio cotidiano —físico y psicológico— en que se desarrolla la vida del hombre masa con toda su problemática, inseguridad, carencias, tensión, etc.

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Quienes practican esta clase de intervenciones conciben la performance como un “arte” de carácter contestatario que busca trasgredir y pervertir los cánones éticos y estéticos de la civilización occidental. Para ellos el cuerpo, en tanto significante del sujeto, no es más que un elemento de protesta política y social. Por lo mismo, es frecuente que ciertos sectores identificados con la agenda progresista utilicen este recurso para transmitir su punto de vista militante.

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Es lo que ocurre, por ejemplo, el 8 de marzo de cada año con la celebración del Día Internacional de la Mujer, ocasión en que las calles de las principales ciudades de Occidente se atiborran de mujeres que buscan llamar la atención sobre sus demandas. En los últimos años la creciente radicalización del discurso de algunos colectivos ha convertido estas manifestaciones en un festival de desborde emocional con un gran potencial de violencia. En ese contexto, las actividades performáticas han ido cobrando cada vez mayor protagonismo. Un ejemplo paradigmático de esta tendencia es la intervención “Un violador en tu camino”, del colectivo chileno Las Tesis, que en noviembre de 2019 alcanzó alto impacto a nivel mundial. Por supuesto, esta clase de realizaciones no se limita únicamente al 8 de marzo, asomando en cada oportunidad en que estos grupos salen a la calle a manifestarse.

Entre los elementos característicos de este tipo de discursos están la lucha sin cuartel contra el “patriarcado” y la defensa del presunto “derecho” de las mujeres al aborto, todo basado en un profundo desprecio por la femineidad tradicional y por la maternidad, estado que las feministas radicales conciben como un instrumento de dominio de la sociedad patriarcal. La lucha de estos colectivos abraza, además, todo tipo de expresiones antirreligiosas, incluyendo ataques materiales a iglesias, profanación de imágenes sagradas, teatralización de ritos satánicos, etc.

Esto pone a muchos cultores de la performance en el otro extremo del impulso natural de las primeras comunidades humanas por establecer un nexo con el mundo sobrenatural. Porque no hay que olvidar que, danzando, el hombre buscó por primera vez comunicarse con lo divino. En contraste, en nuestros días pareciera que algunos colectivos feministas estuvieran utilizando sus cuerpos como instrumentos para comunicarse con otro tipo de realidades explotando hasta la saciedad lo grotesco y lo escabroso, complaciéndose en untar sus cuerpos en pintura, sangre y excrementos de ser necesario en sus invocaciones, que a veces acompañan de gritos destemplados, sonidos guturales e insultos, promoviendo, entre otras cosas, la guerra al “macho” y la matanza de inocentes, abriendo una puerta peligrosa hacia un elemento deletéreo, tenebroso, algunos dirían que demoníaco. De alguna forma han naturalizado el culto a la fealdad, a lo repulsivo, lo macabro.

En pocas palabras, si en la antigüedad el hombre danzaba alrededor del fuego buscando conectarse con la esencia de la luz, hoy en día muchos entre los colectivos feministas —y también LGBT, hay que decir— se complacen en utilizar el cuerpo como canal conductor para conectarse con sus emociones más bajas abriendo la puerta de atrás a los aspectos más sombríos de la naturaleza humana. Nos referimos a una deriva satanista que, de manera alarmante, pareciera ir más allá de ser una simple moda rupturista adoptada por algunos grupos de desadaptados con el único fin de escandalizar a quienes ellos estiman que representan a la clase dominante.

A fines de 2020 el sacerdote chileno Luis Escobar, experto exorcista, denunció la presencia de una especie de “catequesis satánica” en los disturbios que culminaron con la destrucción de dos iglesias patrimoniales en el centro de Santiago en el curso de las manifestaciones por el primer aniversario del inicio del proceso revolucionario del 18 de octubre. Nos referimos a los ataques a la Parroquia de la Asunción y a la Iglesia San Francisco de Borja, el templo institucional de Carabineros de Chile, que el público pudo ver en vivo y en directo gracias a los despachos televisivos. El padre Escobar dice que en la ocasión fue posible distinguir suficientes “signos satánicos” como para confirmar la existencia de un vínculo identitario satanista en los individuos que perpetraron dichos ataques.

Escobar:

"Por los antecedentes que aporta la historia del culto a Satanás en Chile, la evidencia de los hechos recientes y el conocimiento que comparto con mis hermanos exorcistas, en los mencionados ataques a las iglesias en Chile del pasado 18 de octubre de 2020 hubo un ritual satánico. Liturgia en honor a Satanás que inició con danzas representando la algarabía de los demonios, culminando con la profanación de los templos y las imágenes de María Santísima.[1]"

Satanismo o no, lo cierto es que los colectivos que protagonizan este tipo de actos recurren constantemente a lo retorcido para marcar su territorio explotando, de hecho, la morbosidad del público. De algún modo, lo suyo es la blasfemia, el vandalismo, el delirio iconoclasta, la irreverencia sin sentido, la rebeldía contra la propia naturaleza y el rechazo compulsivo de la razón, el orden, la paz, la tolerancia

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[1]     Exorcista Luis Escobar denuncia "ritual satánico" en el contexto de los ataques a Iglesias en Chile. Portaluz, 23 de octubre 2020. Ver online: https://portaluz.org/accion-del-mal/3968/exorcista-luis-escobar-denuncia-ritual-satanico-contexto-los.html

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